Explosión de ideas
Imagina el siguiente escenario: estás escribiendo una escena, digamos, un diálogo entre uno de tus personajes principales y un comerciante. De repente, el pasado de ese personaje secundario o terciario empieza a tomar forma en tu cabeza. ¿Qué lo llevó a ese lugar? ¿Por qué decidió montar ese negocio? ¿Qué hizo en sus años mozos? Pronto, ese personaje tiene su propia vida desarrollada, con su árbol genealógico que cubre diez generaciones y un sinfín de aventuras que explorar y redactar.
Y unas ganas inmensas de escribir eso te desbordan.
Esta situación la he vivido docenas de veces. Las raíces de posibilidades se extienden en un terreno tan fértil como es el género de fantasía, donde, literalmente, el límite lo pone la imaginación. Pero hay un pequeño detalle que a veces pasamos por alto: estamos escribiendo una historia en concreto. En particular, la de estos personajes en los que llevamos invertidas una cantidad de horas considerable. No podemos dejarlo todo de lado por esta nueva obsesión a la que nos hemos vuelto adictos en los últimos treinta segundos.
¿O sí?
Lo fácil: distraerse
Ante esta situación, ¿qué hacemos? He hablado con autores de todo tipo y, en todas las conversaciones, el perfil más común de quienes viven esto se dedica al mismo género: la fantasía.
«Llevo por delante varias historias a la vez», me comentaba una chica. «Tengo diez mundos creados, con sus milenios de historias y varios sistemas de magia independientes por cada uno», me decía otro. Es algo que me parece muy interesante porque, además, te cuentan con detalles las ideas que tienen pensadas y la variedad de elementos que interactúan. Pero cuando les preguntaba: «¿Cuántas novelas has terminado?», la respuesta era siempre la misma: ninguna.
No sin cierta tristeza, me explicaban que el motivo radicaba en la dispersión que se provocaba en su mente cuando escribían. Eran conscientes de que, entre otros cientos de motivos, ese era el principal por el que no terminaban nunca el primer paso para publicar. Y yo no podía sino asentir, comprensivo de la situación por experiencia propia.
Las centenares o miles de ideas que tenemos en un momento desbordan nuestra capacidad de atención, y concentrarnos en continuar la historia que estamos escribiendo se convierte en una odisea que ni la de Ulises. Porque nos envuelve y domina. Nuestro cuerpo empieza a picar y no para hasta que dejamos el manuscrito actual, abrimos un nuevo documento e iniciamos la nueva historia que aboga por destrozar nuestros nervios.
Al principio me pasaba. Aún conservo los manuscritos a máquina de escribir (sí, soy así de viejo). Una tras otra, de temáticas diferentes y con personajes copiados de otras historias, a los que les cambiaba el nombre y el color de ojos y ya eran míos. Todas inacabadas.
Tenía doce años.
Ya en la era digital, también tengo varios documentos de manuscritos en distintos estados de desarrollo y de diferentes temáticas: bélicas, de aventuras, de horror, de misterio, policíacas y de fantasía, tanto alta como urbana. Algunos con un solo capítulo. Otros con la mitad escritos.
Lo difícil: centrarse
Cuando decidí retomar en serio esto de escribir y publicar, tuve que hacer un esfuerzo enorme por romper ese hábito. Me resultó imposible porque la saga que escribo, La desaparición de los gnomos, es un mundo de fantasía que debe ser creado. Manufacturado grano a grano, piedra a piedra, personaje a personaje. Por lo que, al describir a los personajes principales, ya tenía historias pensadas para ellos, sus padres, sus amigos y hasta sus mascotas.
Me frustraba porque quería romper con esa mala costumbre, hasta que descubrí que no había que romper nada. Mi cerebro funciona así, es de fácil distracción. Tenía que reeducarlo. Aprender a validar que esa facilidad para distraerme no es una desventaja, sino una inversión. Son ideas que pueden ser fructíferas en algún momento, pero ahora necesitamos centrarnos en la tarea que estamos llevando a cabo: terminar esta historia.
¿La solución? En mi caso, post-its. Decenas de estas pequeñas anotaciones pegadas en la pared del despacho.
Me resultó un alivio porque mi cerebro se quedaba tranquilo al saber que había podido plasmar en algún lugar la idea que había creado y de la que se sentía orgulloso, con el compromiso por mi parte de que revisitaríamos esa idea en un futuro.
Eso me permitió focalizar todos mis esfuerzos en terminar mi primera novela: Las lunas gemelas, primer volumen de la saga que he mencionado, La desaparición de los gnomos. La tarea más ardua y compleja en la que me he embarcado en toda mi vida. Uno no sabe lo duro que es escribir un libro hasta que lo termina.
Pero surgió un nuevo problema: pronto, los cuadrados amarillos inundaban no solo la pared del despacho, sino también el escritorio, la puerta, las ventanas y alguno que otro en la cocina o el salón.
Encuentra tu canalizador

Tuve que buscar alternativas digitales. Probé varias: pizarras tipo kanban, documentos anexos al manuscrito, anotaciones al margen y alguna que otra más que no recuerdo ahora mismo. Pero me paré a pensar por un momento.
Estoy creando Ar’Endria, un mundo con miles de años de historia, personajes, eventos y más. Soy muy proclive a expandir cualquier otro personaje o situación que no sea la historia principal. Lo que le conviene a mi situación particular es algo tipo wiki. Un lugar que pueda revisitar cuando me viene esa tormenta de ideas o cuando dispongo de un momento de paz para expandir el lore. Pero crear una wiki es aburrido. Y eso es otra cosa que necesito: algo dinámico, que me dé «vidilla» y me permita ver casi de inmediato cómo está todo relacionado.
Encontré Obsidian.
No me patrocinan esta entrada, pero diré que es un salvavidas. Desde que lo uso, mi concentración ha mejorado mucho; no me disperso con tanta facilidad y, cuando lo hago (porque es inevitable) me resulta útil porque el mundo que estoy creando se beneficia: crece.
Esto me ha permitido, en un año, terminar cuatro obras: dos fanfiction (uno de Buffy: The Vampire Slayer y otro del videojuego Warframe), una historia de horror y una de romance, pero a mi estilo (disclaimer: no me gustan las novelas románticas). La más extensa es, sin duda, Las lunas gemelas, pero aunque las otras sean considerablemente más cortas y con menos profundidad (porque no requieren tanta preparación previa) no dejan de ser un logro, porque me sirven para desarrollar mis habilidades como escritor. Habilidades que me están siendo de tremenda utilidad ahora que estoy enfrascado con el segundo volumen de La desaparición de los gnomos: La piedra del mundo.
Asumo y entiendo que no todo el mundo funciona igual y que lo que me sirve a mí puede no serle de utilidad a otra persona, pero aquí está mi método. Si a alguien ayuda, uno se alegrará de ser útil.
Si quieres explorar los libros de los que hablo, no dudes en pasarte por la sección de escritos de mi web.

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