Cómo desarrollar personajes sin torturarlos porque sí.

¿Qué es mejor que un trauma? ¡Más traumas!

Uno de los errores más comunes (y tentadores) al construir personajes es pensar que la profundidad se mide por la cantidad de tragedias que soportan. Es fácil caer en esa trampa: cuanto más sufren, más oscuros parecen; cuanto más dolor acumulan, más «interesantes» creemos que son.

Y claro, el trauma funciona. Es una herramienta narrativa poderosa. Nos conecta con el personaje, genera empatía y añade tensión a la historia. El problema es cuando lo tratamos como el destino del personaje en lugar de su punto de partida.

Muchos escritores noveles (y no tan noveles) creen que basta con hacer sufrir a sus personajes para darles dimensión. Unos padres muertos por aquí, una traición inesperada por allá, un poquito de tortura gratuita y ya está: «Qué profundo, qué valiente, qué complejo». Pero en realidad eso no es desarrollo. Eso es un álbum de desgracias como los cromos que coleccionaba cuando era pequeño.

El verdadero crecimiento no viene de acumular heridas sino de cómo el personaje elige caminar con ellas. De cómo sus decisiones, sus relaciones y su visión del mundo se ven alteradas por lo que vivió. De si se levanta o no y hacia dónde camina después.

El sufrimiento no hace automáticamente mejor a nadie, ni a un personaje ni a una persona. Puede hacerlo más interesante si lo trabajamos. Pero sin esa evolución, el trauma no es más que un muñeco roto sin alma.

Trauma no significa desarrollo.

El trauma es, sin duda, una herramienta narrativa válida y poderosa. Puede dar profundidad, motivar al personaje, justificar decisiones difíciles e incluso convertirse en el motor que impulse toda la historia. Nadie dice que esté mal que tus personajes sufran. De hecho, a menudo es necesario para que sus conflictos sean creíbles y emocionantes.

El problema viene cuando confundimos esa herramienta con el objetivo final. El trauma no es un arco completo, sino el punto de partida de uno. Es la herida, no la cicatriz. Un personaje que simplemente acumula desgracias sin aprender nada ni evolucionar no es profundo: es una marioneta trágica diseñada para arrancar un «pobrecito» al lector y poco más.

Por desgracia, esto es muy habitual. Basta con ver la cantidad de personajes que los autores llenan de orfandades, torturas, traiciones y desgracias solo para que resulten «oscuros», «atrevidos» o «interesantes». Y sí, quizá consiguen una reacción inicial del lector, pero rara vez logran que permanezca. Cuando un personaje no hace nada con su dolor, cuando no cambia ni toma decisiones nuevas a partir de él, se vuelve plano. Y a veces incluso ridículo, porque parece que solo existe para ser un escaparate de sufrimiento gratuito.

Así que antes de seguir arrojando tragedias sobre tu protagonista para que parezca profundo, pregúntate: ¿qué hace con ellas? Porque ahí, y no en la lista de catastróficas desdichas, es donde empieza de verdad el desarrollo.

Buenos ejemplos.

Para entender cómo se construye bien un desarrollo a partir del trauma, conviene fijarse en personajes que no solo sufren, sino que hacen algo con su sufrimiento. Son personajes cuya evolución no se limita a acumular desgracias, sino que esas heridas les obligan a tomar decisiones difíciles y a transformarse, para bien o para mal.

Un ejemplo claro es Frodo, en El Señor de los Anillos. Aunque cumple su misión y destruye el Anillo, no vuelve a ser el mismo. El viaje lo cambia para siempre: la carga que ha soportado lo deja roto y cansado, incapaz de encajar de nuevo en la Comarca. Es un héroe que no sale indemne, pero justamente por eso resulta tan cercano y profundo.

En Harry Potter, quienes mejor ejemplifican esto no es necesariamente el protagonista que da nombre a la saga, sino quienes le rodean. Hermione, por ejemplo, toma decisiones durísimas para proteger a quienes ama, incluso a costa de su propio bienestar, como cuando borra la memoria de sus padres para mantenerlos a salvo. Esa elección revela tanto su madurez como su dolor y deja claro cuánto ha cambiado desde su primer año en Hogwarts. (Aunque en las películas no llega NI POR ASOMO al nivel de actos de moralidad dudosa que ejecuta, como lo que le hizo a Rita Skeeter, pero ahí entramos)

También Ron experimenta un desarrollo notable. Lucha con su inseguridad, con el miedo de ser siempre «el segundo» bajo la sombra de Harry, con la sensación de no estar a la altura. Pero poco a poco encuentra confianza en sí mismo y demuestra su valor no solo en combate, sino en su capacidad para sostener a los demás.

Estos personajes no son memorables por la cantidad de sufrimiento que soportan, sino por cómo responden a él y quiénes se convierten al final.

Malos ejemplos.

Por cada buen ejemplo de desarrollo, también encontramos malos. Posiblemente en un ratio mucho mayor. Personajes que acumulan tragedias como si fueran medallas, pero cuyas heridas no los transforman ni los hacen evolucionar. Sus desgracias funcionan más como un adorno para darles un aire «oscuro» y «profundo» que como un motor real de su arco narrativo.

Kirtash, en Memorias de Idhún, es un caso claro. Su historia está repleta de dolor y dilemas: arrancado de su mundo, convertido en asesino, dividido entre dos naturalezas. Sin embargo, nada de esto lo cambia de verdad. Desde el principio hasta el final sigue siendo el mismo muchacho guapo, letal y atormentado, solo con más heridas acumuladas. Nunca llega a reconciliarse con su conflicto interno ni a transformarse emocionalmente. Solo «está ahí» para ser la tercera pata del triángulo amoroso con Victoria.

Algo similar ocurre con el ya mencionado Harry Potter. Aunque su infancia es terrible y a lo largo de los libros pierde a personas muy queridas, su trauma inicial prácticamente queda atrás en el primer tomo. A partir de ahí, las tragedias que vive apenas lo afectan en su carácter. Harry sigue siendo «el elegido», valiente y testarudo, pero sin un arco emocional profundo que lo obligue a replantearse quién es o qué quiere ser. Tiene algún arrebato de furia de adolescente, poco más.

Conan el Bárbaro, es otro ejemplo. Es el arquetipo del guerrero fuerte, astuto y pragmático. Sus historias son más episódicas que evolutivas: él ya empieza siendo casi perfecto en lo suyo (fuerza, ingenio, valentía) y no cambia demasiado. Cada aventura reafirma su carácter más que transformarlo.

Y un melón que abriré en otro post es el de los desarrollos que existen, pero están penosamente ejecutados o tienen cero sentido. Ejemplo de esto es Luke Skywalker en Star Wars: Episodio VII. Después de haber logrado redimir a Darth Vader, de enfrentarse al Imperio y de demostrar una fe inquebrantable incluso en las peores circunstancias, resulta poco creíble que termine exiliado y derrotado por la culpa, sin intentar traer de vuelta a Ben Solo. Si fue capaz de salvar a su padre, traer a Ben debería haber sido un juego de niños para él. Además, todo ese amargamiento y retirada ocurren fuera de pantalla y no se explica de forma satisfactoria. No parece una evolución natural ni coherente con el personaje que conocíamos, sino un cambio brusco para servir a otras necesidades que nada tienen que ver con su arco narrativo.

En todos estos casos, el trauma no construye un desarrollo auténtico: es solo un decorado, sin peso real en la evolución del personaje.

En resumen.

No hagas sufrir a tus personajes solo para que parezcan más profundos, atrevidos o provocadores. Cargarles con tragedias por el simple hecho de darles un aire oscuro o complejo no funciona si ese dolor no les mueve a nada. Las cicatrices pueden hacerlos interesantes a primera vista, pero lo que de verdad los convierte en memorables es lo que hacen con ellas después.

El trauma es solo el principio, no es el final.