Dragonadas: Lo mejor del género.

Antes de nada: ¿Qué es una «Dragonada»?

Si nunca habías escuchado este término, no te preocupes: no sale en la RAE, ni tiene definición oficial en los manuales de teoría literaria. Pero si te gusta la fantasía clásica, seguro que ya has leído una dragonada. O dos. O veinte.

Si en algún momento has visto a un grupo de héroes variados luchando por salvar el mundo mientras un dragón sobrevuela una fortaleza en ruinas, enhorabuena: estabas leyendo una dragonada. Para que nos entendamos rápido: Crónicas de la Dragonlance es, para mí, la dragonada por excelencia. Ese punto de partida que recomiendo a todo amante de este tipo de historias y que termina cayendo, además, encantado. Pero podríamos sumar El Ciclo de la Puerta de la Muerte, Las Crónicas de Shannara, La Rueda del Tiempo, o incluso sagas como Eragon o las aventuras más clásicas de Reinos Olvidados. Soy consciente de que hay docenas más de títulos que me dejo por nombrar, sin contar los que desconozco, pero este post no va de eso. Va de declarar abiertamente mi amor por este tipo de novelas.

Cuando hablamos de dragonadas nos referimos a ese tipo de historias de fantasía épica que abrazan todos los tropos más clásicos del género sin ningún tipo de vergüenza. Historias donde los buenos son muy buenos, los malos son muy malos, y entre medias hay armas legendarias, magos poderosos, dragones, dioses, profecías y artefactos que podrían destruir el mundo.

Son las historias donde los héroes se embarcan en viajes imposibles, donde las batallas deciden el destino de reinos enteros, donde los villanos planean su regreso tras mil años de encierro y donde lo épico lo inunda todo.

No son historias sutiles. No buscan la deconstrucción, la subversión ni la crítica social encubierta. Son aventuras a lo grande, con personajes nobles, dilemas morales clásicos, y escenarios que parecen salidos de una portada de metal sinfónico.

En pocas palabras: las dragonadas son la fantasía de toda la vida, esa que se disfruta con una sonrisa cómplice, que no pide perdón por sus clichés, porque los abraza como parte de su identidad.

Y sí, probablemente haya dragones. O al menos, deberían.

«Nos referimos a ese tipo de historias de fantasía épica que abrazan todos los tropos más clásicos del género sin ningún tipo de vergüenza.»

Los clichés existen por algo

A estas alturas puede que alguien piense: «esto son las mismas historias que sabemos cómo van a terminar y están llenas de clichés». Y mi respuesta es simple: ¡claro que sí! Y benditas sean.

Los clichés no son enemigos de la narrativa. Los clichés son como los acordes de una canción: no necesitas reinventarlos cada vez, solo tocarlos bien (que se lo pregunten a Ed Sheeran). Son las piezas básicas de una tradición que compartimos desde hace siglos. Arquetipos universales que hablan de los mismos miedos, anhelos y esperanzas que nos acompañan desde que contamos historias alrededor de una hoguera.

El héroe elegido, el mentor sabio, el villano oscuro que regresa tras siglos, el dragón que custodia un secreto ancestral… Todos hemos visto estas figuras una y otra vez. Y hay una razón por la que vuelven: porque funcionan.

Un cliché bien hecho no es aburrido, es reconfortante. Es ese momento en el que sabes lo que va a pasar, pero aún así lo estás esperando, deseando, como quien está viendo los Simpson y recita los chistes de memoria. Y cuando sueltan el punchline, te ríes igual.

Porque las dragonadas no buscan sorprenderte con giros imposibles o romper las reglas del juego. Su objetivo es otro: crear una «zona segura narrativa» donde puedes sumergirte sin miedo, donde las emociones son claras, las motivaciones nobles, y el viaje importa tanto como el destino. Sabes que habrá sacrificios, traiciones, batallas desesperadas. Pero sabes también que, al final, habrá esperanza. Porque (como decimos los que tenemos ya una edad) ya no se hacen historias como las de antes.

Piénsalo: El Hobbit es una dragonada en miniatura, y no por ello menos maravillosa. Eragon bebe de todos los tropos clásicos sin tapujos. Y Dragonlance… bueno, Dragonlance es el molde.

Y es que no todas las historias necesitan deconstruirse o subvertirse para ser grandes. A veces lo único que necesitamos es volver a lo básico: héroes valientes, malvados sin redención, dragones gigantescos sobre castillos en ruinas. Lecciones sobre el poder de la amistad. Y vivirlo con los ojos bien abiertos y el corazón dispuesto a dejarse llevar.

Porque al final, como toda buena dragonada sabe, la épica no está en la sorpresa, sino en el camino.

«Héroes valientes, malvados sin redención, dragones gigantescos sobre castillos en ruinas. Lecciones sobre el poder de la amistad. Eso es una dragonada»

La dragonada es la fantasía en estado puro

Una de las críticas más habituales a las dragonadas es que «no aportan nada nuevo». Que ya hemos visto estas historias mil veces. Que son previsibles, clásicas, incluso anticuadas.

Y ¿sabes qué? Tienen toda la razón. Y precisamente por eso las adoro.

La fantasía clásica no necesita innovar constantemente para ser emocionante. Porque no todas las historias están hechas para romper moldes o deconstruir tropos. Algunas existen simplemente para sentarte durante horas dejando tu cerebro a un lado y dejarte llevar. Disfrutar. Como una película de Michael Bay. «Palomitera».

La dragonada no es simple — es arquetípica. Es una narrativa que bebe directamente de los mitos, de las leyendas fundacionales, de los cuentos que nos contaban nuestros abuelos, y de los símbolos que arrastramos desde que el primer humano miró al cielo y soñó con dragones.

Los dragones, las espadas legendarias, las profecías, los héroes elegidos, los villanos oscuros… son parte del alfabeto de la fantasía. Son las letras con las que llevamos siglos escribiendo historias. No están ahí porque nadie haya tenido ideas nuevas; están ahí porque resuenan. Porque despiertan algo en lo más profundo de nosotros.

Leer una dragonada es como sentarte junto al fuego y escuchar un cuento que ya conoces, pero que sigue emocionándote. Es volver al castillo, al bosque, al torreón olvidado. Es enfrentarte de nuevo al dragón, aunque ya sepas que escupe fuego.

Porque la épica no siempre necesita sorpresa. A veces, lo que realmente necesitamos es vivir el mito otra vez. Caminar el camino conocido, no por aburrido, sino porque sabemos que ahí están las emociones más puras, más universales, más atemporales.

La dragonada es la versión moderna de los cuentos de hadas medievales. De las leyendas artúricas. De las gestas heroicas que pasaban de boca en boca antes de escribirse. Su magia está en su familiaridad. En crear un espacio donde todo es más grande que la vida, pero al mismo tiempo, profundamente humano.

Y esa es la grandeza de este tipo de fantasía: no es solo entretenimiento. Es tradición. Es mito reimaginado. Es un ritual compartido. Cada vez que abrimos un libro de este tipo, nos unimos a una cadena milenaria de narradores y oyentes, de héroes y monstruos, de palabras que resuenan como antiguos hechizos.

Por eso no necesita reinventarse. Porque ya es perfecta en su esencia. Y cada nueva dragonada no es una copia, sino un eslabón más en esa cadena infinita.

Dragonadas y cultura popular

Aunque las dragonadas suelen asociarse a la literatura fantástica más clásica, su influencia va mucho más allá de las novelas. La dragonada no es solo un tipo de historia: es una estructura, un imaginario colectivo que ha empapado la cultura popular hasta convertirse en parte esencial de cómo entendemos la fantasía moderna.

Dungeons & Dragons, el pilar absoluto de los juegos de rol de mesa, es, en su núcleo, una dragonada estructurada. No importa cuántos suplementos publiquen, cuántas ambientaciones alternativas existan o cuántos intentos haya por «oscurecer» el tono: al final siempre regresamos al grupo heterogéneo de aventureros, la misión imposible, la mazmorra ancestral, el jefe esperando al final y el bien luchando por prevalecer. Cada partida de D&D es, en esencia, una pequeña dragonada vivida en directo.

Pero no termina ahí. Las dragonadas han dejado su huella en prácticamente todos los medios narrativos. Piensa en videojuegos como Baldur’s Gate, Dragon Age, Skyrim, Final Fantasy… todos beben, en mayor o menor medida, de este legado. Cada espada mágica encontrada en una cueva, cada rey oscuro que despierta tras milenios, cada hechicero que sacrifica su alma por un poder prohibido, cada victoria de los buenos sobre los malos: todo está escrito en el ADN de la dragonada.

En el cine las encontramos en Dragonslayer (1981), Willow, Krull, El Reino del Fuego, y, cómo no, en las sagas épicas de El Señor de los Anillos y The Hobbit. Incluso series como Game of Thrones, pese a su tono más realista y político, beben directamente de la tradición de las dragonadas, con sus dragones ancestrales, sus profecías y su lucha entre el bien y el mal (aunque más difusa).

El anime también tiene sus propias dragonadas: Record of Lodoss War es probablemente el ejemplo más puro, pero podríamos incluir elementos de Slayers (Reena y Gaudi en España) o incluso de Fairy Tail.

Y es que, incluso cuando la fantasía moderna intenta ser «seria» o «madura», no puede escapar de las raíces que estas historias plantaron. Las dragonadas no solo definen un género: definen una manera de soñar.

Por eso siguen vivas. Por eso las seguimos leyendo, jugando, viendo, compartiendo.

Por lo tanto, amemos las dragonadas

Y aquí es donde confieso algo: mi propio mundo, Ar’Endria, y las historias que he ido escribiendo, incluida mi saga principal, La Desaparición de los Gnomos, que actualmente cuenta con dos volúmenes (Las Lunas Gemelas y La Piedra del Mundo), beben sin ningún reparo de estas fuentes.

Claro que hay dragones.
Claro que hay artefactos que pueden cambiar el curso de la historia.
Claro que hay linajes secretos, profecías medio olvidadas y héroes que no querían serlo.

Pero con mi propio toque personal.

Porque no hay absolutamente nada de malo en abrazar los tropos cuando lo haces con amor. Porque no hace falta reinventar la fantasía cada vez: solo hace falta contarla con alma.

Y si mi saga es una dragonada, lo digo bien alto y con orgullo. Porque no quiero escapar de la magia. Quiero celebrarla. Y quiero leer la dragonada perfecta que aún no he leído.

Así que, si buscas una historia donde la fantasía es pura, desbordante, llena de dragones, de aventuras imposibles y de ese espíritu clásico que tanto amamos, te doy la bienvendia a mi propia dragonada. Solo necesito que alguien me publique y ya estaría.

Que vengan más dragonadas. Que vuelvan los dragones. Que nunca falte la aventura.