¿Y si no soy tan buen escritor como pensaba?

El golpe que no ves venir

Empiezas tu novela con ilusión. Quizás te has planteado un esquema previo en el que detallas todo lo que debe tener tu obra, con más o menos detalle, o puede que te hayas lanzado a la aventura. De pronto y casi sin darte cuenta, llevas unos cuantos capítulos. Quizás tres o cinco. Y entonces piensas que eres un genio. Pero puede que haya un momento en el que no quieres volver a abrir el documento.

¿Por qué? Varios motivos. Mis favoritos y de los que puedo hablar por experiencia propia, son dos.

El primero: darte cuenta de lo difícil que es mantener la coherencia de principio a fin. Más difícil de lo que pensabas. Escribir las palabras que requiere la descripción de la escena se vuelve una tarea tediosa porque sientes que te falta el vocabulario. Crees que has repetido tantas veces la misma palabra que te pones a buscar con desesperación un sinónimo que no hayas utilizado y que te haga parecer «más escritor».

Lo que te puede llevar a ese magnífico sentimiento de «síndrome del impostor». Ese monstruo invisible que aparece justo cuando estás en tu peor momento. «¿Quién me creo que soy?» o «¿Quién va a leer esto?». También está mi favorito: «hay mil personas que lo hacen mejor que yo».

Este es el primer golpe de realidad a la hora de escribir. El darte cuenta de que el proyecto en el que te has embarcado requiere de una logística más compleja y de un esfuerzo más grande que simplemente escribir unas pocas páginas y unas cuantas palabras poco comunes de las que usan «los escritores de verdad».

¿Cómo superar esto? Pues aún sigo trabajando en ello. Si alguien tiene consejos para compartir, serán más que bienvenidos.

La comparación es el asesino de la alegría

Photo by Bich Tran on Pexels.com

Al mismo tiempo que aparece el síndrome del impostor llega su acompañante. Un sentimiento que te reduce a la más mínima expresión de persona. Y ya lo dijo mejor Theodore Roosevelt: «Comparison is the killer of joy».(La comparación es el asesino de la alegría en traducción libre). Y esto tiene 2 vertientes.

La primera es cuando lees a los éxitos. Un Sanderson de la vida. Un Abercrombie. Una Laura Gallego. O a cualquier otro que haya triunfado. Y más se acrecenta el sentimiento cuando lees las historias de autores como Christopher Paolini que escribió su primera novela a los 16 años, se la publicaron y fue todo un éxito. Entonces es cuando piensas: «jamás me pasará a mí».

La segunda posibilidad es la de compararte con aquellos autores u obras que tu consideras poco dignas de ser publicadas (por decirlo de alguna manera suave). Aquellos productos que crees que no tienen la calidad suficiente para ser publicados y no comprendes cómo puede haber que disfrute de tal elemento. Ya sea por su falta de originalidad, o porque eres capaz de descubrir el gran giro de guion antes de tiempo o lo que sea. Y ahí es cuando piensas: «Esto lo hago yo mucho mejor».

Ambos escenarios son igual de malos. Es una comparació que haces con algo que se escapa de tu control. Y, en el momento en el que corres ese escenario de que tu eres mejor o peor que otro autor, es donde está el demonio. Y aquí si puedo dar un consejo para romper con esto: No estás escribiendo para ser el siguiente Tolkien (aunque haya algún iluminado que se jacta de que lo hace mejor que él sin haber publicado ni siquiera un post en el grupo familiar de WhatsApp).

Estás escribiendo para ser tú. Lo haces porque, aunque te encanta leer X género o tipo de novelas, aún no has encontrado la que es redonda. Cien por cien perfecta. Y quieres leerla.

Así que escribes aquello que te encantaría leer y disfrutarías en todos sus aspectos.

El error de pensar que tu primera novela es para publicar

Hemos mencionado el caso de Eragon. Este un sueño muy común que percibo de los autores nóveles (entre los que me cuento, ojo. No soy mejor que el vecino). Y puedo decir con confianza que, aunque se oculten tras la falsa modestia del «estaría bien, pero no es lo principal», es el error más común: pensar que tu primer manuscrito es tu debut editorial.

Espóiler: no lo es. (Y esto lo aprendí a las malas)

Es tu taller. Tu lugar de prácticas para aprender a cerrar un arco narrativo. Recordar que tienes que resolver aquellos misterios que dejaste entrever 10 capítulos atrás. Que si un personaje demuestra síntomas de que va a traicionar, que lo haga y no sea un giro para sorprender por sorprender.

Vas a comprender que escribir no es solo el fin. Luego viene reescribir. Y sufrirás, pero sabrás comprender las lindezas del proceso y lo valorarás mucho.

Encontrarás que tipo de narrador eres. Cómo fluyes con el texto y las palabras. Si eres de mucha o poca descripción. Y, lo más importante para mí, aprenderás qué no hacer en tu siguiente novela.

Porque tan significativo es saber lo que quieres como lo que no funciona para ti una vez que lo has intentado.

Porque sí, es una realidad innegable, todos tenemos ese sueño en alguna parte de nuestra mente de que vamos a terminar nuestro manuscrito y van a venir las editoriales más gordas del planeta a pelearse por el oro que hemos cagado.

Pero no. Si después del periplo que es terminar una novela sigues teniendo fuerzas para aventurarte a buscar editorial, te encontrarás puertas cerradas antes de llamar o que tu petición quede flotando en el vacío. En ese limbo al que van las peticiones como que te toque la lotería o que esa persona que te gusta te mande un mensaje.

Estás aprendiendo. Como todos. Y aún queda mucho antes de que puedas publicar. Si es que alguna vez llega a ocurrir.

HAZLO PORQUE TE GUSTA

Photo by Bekka Mongeau on Pexels.com

(Este bloque va en mayúsculas, porque lo merece.)

Y, entonces, ¿para qué escribes? Escribir debería ser, primero, un acto de disfrute. De desafío personal. Como se dice en mi tierra: «de ti, pa’ ti».

Primero tienes que terminar de escribir algo, obviamente. No vale tener 20 documentos con una serie de capítulos que hace años que te prometes que vas a terminar algún día. En cuanto termines el periplo de escribir un manuscrito completo (da igual que sean 20k palabras o 100k), vendrán las siguientes dudas.

«¿Y si reescribo el capítulo 1?».
«Creo que esta parte flojea y aburre».
«No puedo enseñar esto a nadie, se reirán de mi».

Y esta última es quizás la más común de todas. Da vergüenza enseñar lo que escribes porque, gracias a ese síndrome del impostor salvaje; «¿Cómo voy a enseñar esto? Seguramente se rían porque no es tan bueno como Perico el autor».

Si, por lo que sea, consigues superar esta barrera, viene el siguiente problema. Al principio solo te van a leer tus amigos. O tu madre (en algunos casos, ni eso).

Pero eso está bien. No pasa absolutamente nada.

Cierto es que a todos nos gusta un poco de apreciación por nuestro trabajo. A fin de cuentas, hemos dedicado muchas horas a poner en pie algo de lo que (supuestamente) nos sentimos orgullosos. Entonces queremos que alguien sepa apreciar todo ese esfuerzo que hay detrás de cada palabra. Pero, la triste realidad, es que no siempre se recibe. Al menos no al nivel que deseamos.

Pero está bien. No pasa absolutamente nada.

Comprender que esto es una carrera de fondo y no un sprint es la lección que más me costó grabar en mi dura mollera. Disfrutar del proceso de escribir. Emocionarte cuando tus personajes comparten un momento precioso. Enfurecerte cuando ese villano les hace la 13-14. Sufrir cuando tienes la obligación de escribir esa escena en la que peligra muy fuertemente la vida de tu personaje secundario favorito.

Eso, desde mi humilde posición, es en lo que debemos centrarnos.

Está claro que en la sociedad actual es más que necesario una presencialidad en las redes. E interactuar. Y socializar. Pero es como construir un castillo colocando un grano de arena tras otro. Se puede conseguir, pero tómalo con calma. Poco a poco. Un granito tras otro. Una publicación tras otra.

No te obsesiones con publicar y dar el pelotazo. Publicar llegará. En la forma que sea (hay varias alternativas si no conseguimos editorial).

Lo que hay que hacer es terminar cosas.

¿Y si quiero publicar?

Fantástico. Pero que no sea tu centro. Que no sea tu combustible.

Puedes perfectamente organizar tu proyecto editorial. Escribir una sinopsis. Buscar agentes. Investigar las diferentes vías para autopublicar. Todo eso es necesario aprenderlo y hay docenas de guías que te indican los pasos a seguir (por favor, evita a los gurús que dicen «te enseño a publicar tu libro en 3 sencillos pasos por 500 €»).

Mi consejo es que, aunque es algo a desear y a tener en cuenta, tenlo como un proceso en segundo plano. No permitas que se convierta en el objetivo principal de tus esfuerzos. Porque ahí es cuando viene la frustración. Y las quejas. Y el sentimiento de «no valgo para esto». Que es posible, pero al menos sigue intentándolo para mejorar.

Esta lección la aprendí cuando me inicié en el mundo del dibujo. Yo quería hacer las mismas cosas que veía en los manga o en los cómics de Marvel o DC. Pero por más que lo intentara, el monigote no tenía ni las proporciones correctas y la pose terminaba siendo algo salido de los abismos del más profundo infierno.

Me tomó tiempo, práctica y años el terminar por tener un estilo que es mío y me gusta. No es nada con lo que me pueda ganar la vida, pero al menos las figuras tienen dinamismo.

Pues esto es lo mismo. Tantear las publicaciones de nuestras obras terminadas, es bien. Pero hay que seguir produciendo para mejorar.

La publicación puede esperar. Tu evolución como escritor, no.

Invertir tiempo en algo que quizás nadie lea (y hacerlo igual)

Photo by Suzy Hazelwood on Pexels.com

Hace poco me preguntaba cuando me podría considerar «Escritor». Con mayúscula. Pues todo lo que hemos visto hasta ahora. Eso es ser escritor. No vender libros. No ganar premios. Escribir igual aunque nadie mire.

Pulsar tecla tras tecla, formando frases que algún día podrían dar forma a una historia que quizás no se publique nunca y, aun así, sentarte y seguir escribiendo.

Terminar un manuscrito. Reescribirlo. Aprender. Cagarla. Mejorar. Volver a empezar.

Y no hacerlo para brillar. Hacerlo porque no podemos no hacerlo.

Eso es ser escritor.